Matemática y Luz

Durante la noche, durante lo oscuro, cerramos los ojos. Y cerrar los ojos nos hace entrar en otra luz. Es la luz del sueño, la luz que se desprende de los sueños. Habitando el sueño, habitamos otra luz, diferente a la que disfrutamos al tener los ojos abiertos, diferente a la luminosidad diurna. Es una luz más íntima, más interior, mucho más sutil. Y de ahí, la sutilidad de cada alma para discernirla, para darle espacio, para mantenerla encendida. Para ver. Porque esa luz nos da a ver algo. Cada luz que se enciende en cada sueño trae algo a vislumbrar, algo que aprender, algo que dar en ofrenda.

La pintura nació del sueño. En las cavernas, el arte rupestre se desarrolló a partir de ese adentrarse en lo oscuro y encender una llama. Todo acto pictórico rememora ese primer acto ancestral. Y si en alguien ese gesto tiene más vida es en Danilo Rojas, quien, adentrándose en el sueño, toca la luz y las reverberaciones de la luz y sale con una luz en sus manos que luego la hace materia, para poderla compartir.

Su luz ya nace compartida, sino no la llegaría a pintar. Y ahora podemos contemplarla nosotros también.

Pintura que se despliega por el lienzo como la magia por entre las cosas. Danilo Rojas puede ver ese movimiento y por eso lo plasma. Sus cuadros no son estáticos, su pintura podría escaparse del lienzo y, de hecho, lo hace. Porque vemos algo que nos mueve, vemos algo que tiene danza, que tiene música. Como la música de las esferas, que de oírla de continuo, no la podemos percibir, la música de los cuadros de Danilo Rojas está interpretándose sin pausa. Y el universo que nos acerca con esa armonía es la belleza.


Mirar lo bello, llenarnos de belleza, implica una transformación, una conversión más bien. Y sucede en nosotros como la resolución de una ecuación matemática: es el goce de lo cumplido, de lo armónico.

Sus bellas composiciones nos alumbran porque cumplen con su fuego. Vemos ese fuego refinado en luz y esa luz participando de una matemática, de un orden, mas no un orden sin vida, sino un orden que late, que respira, que tiene alma.

Sus cuadros, como las flores, permanecen en su sueño. Danilo Rojas no los ha despertado. Y aunque nosotros podamos hacerlo, su despertar será un seguir soñando. El único despertar posible: un despertar sin dejar de soñar. Por eso sus pinturas nos invitan a soñar a nosotros también, porque pertenecen al sueño y no pueden alejarse de él. Porque son celadoras del sueño.

Los ojos de Danilo Rojas han mirado mucho la naturaleza, la belleza del mundo vegetal, y nuestros ojos pueden ver también esas formas y colores en el cromatismo y en la distribución espacial de las tonalidades dentro de sus cuadros. En realidad, sus cuadros son organismos vivos. Muy sugerente resulta la contraposición de ambas imágenes: naturaleza floral y naturaleza pictórica. Las relaciones que se establecen al hacerlas convivir nos llevan a un estado más alto, como si al captar la esencia de esas plantas, lo onírico que vive en ellas, Danilo Rojas nos hiciera también captar la naturaleza divina.

Nos lleva a un estado de ensoñación que nos hace despertar a la belleza. Esa belleza que nosotros apenas intuimos, él nos lo da a ver. Pinta el quehacer de la belleza y así su obra contribuye a la belleza del mundo, se hermana con ella, y da calor a aquello que no es bello. Para que así el mundo sea más bello y crezca. Como las flores, también de sus cuadros se desprende polen. Quizá por esto veo en esta exposición un hermoso jardín, veo vida.


Incluso lo más misterioso de la vida. Como si se nos mostrara el genoma humano. Como si se evidenciaran las cifras que acompañan al corazón, las que vamos descifrando poco a poco, al compás del latido. Como si captáramos el soplo vital.

Porque su pintura está completamente ligada a la respiración. Surge su trazo de contener la respiración. O mejor, nace. Nace como brote. Y es contenido. En esta pintura hay contención, delicadeza, hálito.

Movido por su mano, lo trae desde ese vacío, desde esa burbuja que se forma al contener la respiración, hasta la realidad del lienzo. De este modo, se crea un ámbito similar al poro de atemporalidad donde el sueño tiene lugar dentro del devenir cotidiano. Un instante de sueño, y el trazo se conduce solo.

Así, el trazo de Danilo Rojas no es un trazo pensado sino soñado. Quizá, por esto, no podemos mirar sus cuadros sólo con los ojos, sino con la parte de nosotros que sueña.

Es tiempo detenido, y es trazo que avanza. Parece como si su pintura no se diera sobre un lienzo, sino sobre las aguas. De ahí lo armónico también, porque se sustenta sobre algo natural.

En la obra de Danilo Rojas, cada color sigue su órbita y si hay pacífico estar es por la visión inspirada en la naturaleza que su autor tiene. Si bien, también puede partir de una catástrofe. Entonces, la pintura va buscado el modo de armonizar cataclismo y pulso, para que el sentido de la pintura sea el que en verdad tiene todo arte: pautar el ruido, colorear lo oscuro, mover lo pétreo, rimar lo incomprensible... En definitiva, llevar a cabo una metamorfosis.

Esta técnica de la caligrafía china empleada por Danilo Rojas nos hace pensar que también en sus cuadros hay algo escrito, algo a leer. Por esto, su pintura no podemos, ciertamente, mirarla sólo con los ojos, sino con la parte de nosotros que es capaz de leer lo enigmático.


Dejemos, pues, a un lado, nuestros ojos, y miremos con los ojos que parpadean en estos cuadros, olvidemos nuestra respiración y vivamos a través de la suya, soñemos dentro de estos hermosos sueños que tenemos ante nosotros. Dejémonos llevar. Es una pintura nómada.

Sus pinceles son nómadas por el lienzo, sus sueños son nómadas por la realidad y nosotros somos nómadas por la sala de exposiciones. Si llegamos a extraviarnos, que nos busquen en el sueño de alguno de estos maravillosos cuadros.

Para finalizar, he querido basarme en un tipo de métrica japonesa para expresar, a través de una composición poética, mi vivencia personal del precioso regalo que Danilo Rojas nos da permitiéndonos contemplar sus cuadros. Con este pequeño poema deseo dar gracias y participar del gesto inevitable que todo buen arte propone: el gesto que lleva a crear algo nuevo, darlo en ofrenda.


 

 

 



 


Julia Ruiz
Barcelona, 2 de septiembre, 2000

 

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TANKA

para danilo


en cada trazo
viene la luz a decir
cuanta belleza
ha conocido mientras
llegaba hasta tu mano